SANTA BEATRIZ DE SILVA Y SU CARISMA

Es nuestra Fundadora.

 

Nacida en 1426 en Campo Mayor, (Portugal), en 1447 viene como dama a la Corte de Castilla, donde recibió la aparición de la Virgen María, expresándole el deseo de que funde una Orden religiosa en su honor.

En 1484 se reúne con doce compañeras para madurar su proyecto de vida...

El 30 de abril de 1489, el Papa Inocencio VIII firma la Bula Fundacional, por la que aprueba el primer Monasterio de La Concepción. La nueva Orden Mariana nace para la Iglesia y para el mundo.

Santa Beatriz muere en agosto de 1491, momentos después de haber profesado.

Sus compañeras se ocuparán de continuar su obra... Hasta nuestros días.

En 1511 se aprueba la Regla propia de la Orden.

Canonizada el 3 de octubre de 1976, por Pablo VI. Celebramos su fiesta el 17 de agosto.

 

 Las manos del alfarero buscan el barro para trabajarlo

La semilla busca la tierra para que estalle dentro la vida. La palabra sale corriendo buscando un corazón que la acoja. Dios busca al ser humano; espera que éste responda.

¿Qué pasa con el barro cuando no se deja modelar? ¿Qué pasa con la Palabra cuando no es recibida? ¿Qué pasa cuando Dios está a la puerta y nadie le abre?

Pero, ¿qué sucede cuando alguien dice "sí" a Dios? Entonces se cumple la promesa: "Mi Palabra no volverá a mi vacía" (Is 55,10-11). Entonces, la tierra se llena de vida.

Beatriz de Silva, pequeña vasija, que hoy ponemos en tus manos como buena noticia de una presencia, de una palabra y de un don:

Vasija de barro abierta a la vida en la ciudad de Campo Mayor, como brote precioso de comunión. Sencilla, acogedora, receptiva, pequeña sedienta de vida, buscadora de la luz.

Vasija moldeada por la gracia, con la extraña silueta de un corazón... Corazón en camino..., con los ojos abiertos de par en par a la belleza escondida en cualquier lugar habitado por Dios: su familia,  sus amigos, la corte... ¡Cuántas llamadas escondidas en la sencillez!

Portugal fue testigo de aquellos primeros años de búsqueda, cuando la sonrisa presagiaba el triunfo y la vida florecía como atractiva apuesta de felicidad.

Portugal puso en manos de su Reina a esta joven dama, como fruto privilegiado de su humildad. Beatriz deja su patria, su casa, su familia, su aparente seguridad...”elegida”, acoge por gracia, y comienza a vislumbrar en la noche la clara presencia de Dios.

Tordesillas... Felices momentos en la corte que pasan fugaces: Beatriz sonríe, sueña y canta... Felices momentos que marcan su interior con un profundo deseo de libertad.

Éxodo, alianza, vocación.... Los “celos de la reina”, es decir, el mal, llevan a Beatriz a un cofre, expresión de postración. Encerrada durante tres días, pascua, paso de Dios.... María Inmaculada se aparece como icono de su presencia, sacramento del Misterio. Blanca y azul: luz que se proyecta en la sencillez de su tierra, y la lanza como testigo de la Gracia, de la misericordia, de la ofrenda, de la escucha, en pobreza, en humildad, en sencillez, en esperanza.

 Y de esta experiencia nace su vocación:

 La luz embellece su interior...La corte ya no es su lugar. Comienza una nueva peregrinación hacia otra tierra, desconocida, la tierra preparada por Dios para su corazón agraciado.

Toledo abre sus puertas al camino vocacional de esta mujer... Beatriz como el grano de trigo, sembrado en tierra buena, permanece en paciente actitud, acogiendo la Obra de Dios y el regalo de sus mediaciones.

La Palabra ya ha sido pronunciada: María Inmaculada.

La forma vocacional se está gestando: “sacramento del Misterio”. En silencio, en soledad, en mirada contemplativa, en corazón abierto.

Y la lámpara se enciende... en llamada interior, en comunión creadora de familia; en torno a María...

Y la fecundidad de la vasija se derrama en el secreto de muerte. Quebrada, en las manos amorosas de Dios, por el paso del tiempo, el agua se derrama abundante en otros corazones.

Y la vida germina como pequeño brote carismático: Beatriz ayer y hoy es su Comunidad Concepcionista, familia nueva de hermanas inspiradas y llamadas por Dios; consagradas en Cristo y con Cristo por el Espíritu al Padre en alianza de fecundidad, con María y en referencia a María; contemplativas: en desierto y  cruz; en humildad, pobreza, mansedumbre y servicio.

Hermoso mensaje de la pequeña vasija: ¿Cuál es el secreto de tu frágil existencia?... La respuesta brotará también de tu corazón.

Beatriz fue fundadora de la Orden de la Inmaculada Concepción,

Es decir, aquella mujer creyente que recibe abierta una misión, y entrega a sus hermanas esta misma misión de vida. Beatriz es quien inicia la forma de vida concepcionista franciscana.

Cada Familia Religiosa posee su propio modo de vivir el “carisma” o “identidad” de una Orden. Ahondar en nuestra identidad es responder a la pregunta: ¿qué soy?, ¿qué somos?, ¿cuál es nuestro ser, puesto y misión?

Es voluntad expresa de la Iglesia que nos hagamos este planteamiento para una auténtica vivencia de la misión y tarea que se nos ha encomendado.

No siempre resulta fácil imaginar la vida dentro de un Monasterio. Pero podemos subrayar claramente unos núcleos fundamentales y configuradotes del carisma de la Orden de la Inmaculada Concepción.

En nuestra vida todo nace y todo se mantiene en la obra misericordiosa de Dios. Somos “inspiradas y llamadas”. El Padre es quien da y quien llama. Aun cuando los procesos vocacionales de las hermanas puedan ser diversos, todas nos encontramos en esta experiencia. Hemos sido invitadas y llamadas... Es el misterio de la elección misericordiosa del Padre, de su providencia de elección. Es el misterio de la gratuidad de Dios, pues todo se ha hecho por Él.

Solamente ahí nace y se mantiene este carisma y esta vocación. Es lo primero y fundamental, la realidad que ilumina correctamente la vida de una hermana concepcionista como algo interpersonal, cuestión entre Persona y persona. Hemos sido amadas y llamadas gratuitamente, y nuestra relación con el Padre misericordioso está llamada a ser en esa actitud de María: gratuidad, confianza, esperanza, dependencia, abandono, alabanza...

Pero toda llamada es para una misión. El gran don del Padre es destinarnos a identificarnos con su Hijo. Jesucristo Redentor es el eje central de la Regla de nuestra Orden. El criterio de reproducir la vida de Jesús es esencial como idea clave de nuestra Regla. Este es el objetivo central y final: llegar a la comunión de sentimientos y de vida con Jesucristo. Todo en la vida de una hermana concepcionista franciscana es experiencia de la vida de Jesucristo. Vivir el carisma que inició Santa Beatriz de Silva es acoger la llamada del Señor, es asumir su Palabra, su ejemplo, sus actitudes vitales, sus rasgos personales. Es una llamada e invitación a la fe, a creer en él, a seguir sus pasos, a vivir en comunión y consagración total... Es una invitación a entregar la vida, a entregar la capacidad de amar, de poseer, de disponer. Es una forma de vivir profundamente cristocéntrica.

Este proceso de hacerse un solo espíritu con Cristo va iluminado, conducido, marcado fuertemente por la presencia de María, y concretamente por el misterio de su Inmaculada Concepción.

El misterio de la Concepción Inmaculada de María es un misterio de enorme riqueza espiritual. Es

la acción misericordiosa de Dios con que se inicia el Nuevo Testamento, como pura gracia. El Padre ha amado a María desde la eternidad, gratuitamente, ilusionadamente, y en su poder santo la santifica antes de crearla. El Hijo la ha redimido con su vida y muerte. En el corazón y en la raíz del misterio de la Inmaculada subyace la visión de Cristo Redentor con su redención que se adelanta a la concepción de María, como su fruto primero y excelente. El Espíritu la ha llenado desde el primer instante de su ser. María es, sencillamente, receptividad en pobreza total. Es disponibilidad gratuita, incondicional. Este gesto marca toda la vida de María, como una prolongación de este primer momento.

Santa Beatriz de Silva fundó la Orden de la Inmaculada Concepción para el servicio, la contemplación y celebración del misterio de María en su Concepción Inmaculada. Pero la mejor forma de celebrar este misterio es fundamentar en ella la vida, en la medida de lo posible, con un corazón dócil, receptivo y disponible a la acción de Dios.

La Orden de la Inmaculada Concepción pertenece a la Familia Franciscana. Nuestra Fundadora es Beatriz de Silva, y somos, por ello, Orden propia, pero una Orden en estrecha relación familiar y con una historia y espiritualidad compartidas con la Orden de los Hermanos Franciscanos.

La Regla de la Orden nos invita a vivir los valores de vida de Jesucristo que formaron la visión espiritual de Francisco de Asís. Otro tanto ocurre con María. El camino de humildad del Señor y de su Madre, deseo del Espíritu del Señor, gozosa actitud filial, disponibilidad y gratuidad, humildad, mansedumbre y servicio, fraternidad igualitaria, autoridad maternal, trabajo fiel y devoto... Son actitudes que provienen de la lectura evangélica franciscana y que están presentes configurativamente en nuestra espiritualidad. La dimensión franciscana es algo nuclear y connatural en el carisma de la Orden de la Inmaculada Concepción.

Pero esta vocación no es una experiencia que vivamos de manera privada en nuestro corazón, o meramente una búsqueda personal dentro del Monasterio. La llamada vocacional es algo que compartimos gozosamente en el interior de la Comunidad cristiana. Porque toda vocación es para bien de los demás, es una llamada de misión...

Para Beatriz de Silva, vivir fue amar, y amar fue orar: darse, consagrarse al Señor y a la Virgen sin mancilla. Este es el carisma de Beatriz. Esta es nuestra vida. La tarea más privilegiada en esta vocación que hemos recibido, nuestro apostolado en la Iglesia es la oración, la adoración y celebración litúrgica. Para una hermana concepcionista son el ámbito de su vida contemplativa, su espacio vital. La oración lo envuelve todo dentro del Monasterio.

El Monasterio puede estar acaso perdido en las estrechas calles de la ciudad, pero en el interior de la alabanza de una hermana concepcionista, en el interior de nuestro canto y acción de gracias, en la Liturgia, en la celebración de la Eucaristía, en el coro y en cada momento de adoración, la Iglesia y el mundo entero tiene resonancia en nosotras. Sabemos de tantas necesidades que tal vez pudiéramos atender estando fuera, pero entendemos que con esta forma de vida también ayudamos y servimos a los demás.

Nuestra vocación es también comunitaria; seguimos al Señor en fraternidad. Aprender a ser hermanas unas de otras, recibir a cada una como una bendición, un don del Señor, es parte de nuestra forma de vivir.

La vida de las hermanas se ha unido en un mismo camino de Seguimiento. Entendemos que somos llamadas a compartir nuestra fe. Cada hermana somos responsables del bien de las demás, de la vitalidad espiritual del Monasterio, del crecimiento de la fraternidad. El “tener los mismos sentimientos de Jesús” y ser capaces de amar hasta dar la vida por los hermanos, garantiza la calidad de la fraternidad, y hace presente el Reino de Dios.